Olvidaste palabras sin que te lo pidieran

Hay un silencio que duele más que cualquier grito. Es el silencio de las palabras que se nos escaparon sin permiso, sin aviso, sin una despedida decente. Quizás fue gradual: primero dejaste de usar ciertos verbos, luego los sustantivos se disolvieron como azúcar en agua tibia, y de pronto te diste cuenta de que ya no podías expresar lo que sentías en la lengua que tu abuela susurraba mientras te peinaba. Ese olvido no fue culpa tuya. Fue un robo silencioso.

Las raíces que siguen creciendo

Cada palabra olvidada no desaparece realmente. Se queda dentro de ti como una semilla dormida, como esas plantas que necesitan años para germinar. Cuando escuchas a tu madre hablar con sus hermanas, cuando oyes a una tía decir una frase que te golpea de pronto en el pecho, ese es el momento en que recuerdas: esas palabras siempre estuvieron ahí. No las olvidaste. Las guardaste.

Tu cuerpo recuerda lo que tu mente fingió olvidar. El acento que conservas, aunque cambies de país o de ciudad, es el mapa de todos los caminos que caminaron tus ancestros. Cada vocal muda, cada consonante que se te quiebra cuando intentas sonar como todos los demás, es evidencia de quién eres realmente.

La lengua que te salvó sin que lo supieras

Hubo un momento en el que olvidar parecía necesario. Quizás necesitabas encajar, quizás creíste que para ser feliz debías abandonar ciertas palabras, ciertos acentos, cierta forma de ser. Pero mira hacia atrás ahora: esa lengua que dejaste en un cajón junto a cartas sin abrir, esa lengua que creíste que te lastimaba, fue exactamente lo que te sostuvo cuando todo lo demás se derrumbaba.

La lengua materna no es solo vocabulario. Es el abrazo de tu abuela. Es la canción que tu madre tarareaba mientras cocinaba. Es el tono de voz que usaba tu padre cuando decía te quiero. Es el refugio que no sabías que necesitabas.

El regreso que ya ha comenzado

No necesitas recuperar todas las palabras olvidadas. Solo necesitas darte permiso para dejar que regresen cuando quieran. Cada vez que te atreves a hablar en tu lengua materna, cada vez que pronuncias correctamente ese nombre que llevaba tu bisabuela, cada vez que dejas que tu acento brille sin disculparte, estás recuperando una parte de ti que nunca debió haberse ido.

Las palabras que olvidaste son las palabras que aún te están salvando. Desde adentro. En silencio. Esperando el momento en que las necesites de nuevo.

En Palabras que Sanan sabemos que sentir es un acto revolucionario. Que hablar en tu propia lengua, con tu propio acento, es un acto de resistencia y de amor. Suscríbete a nuestro boletín y recibe historias que tocarán lo profundo de tu pecho, palabras que sanarán esos rincones olvidados de tu alma.